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15 años desde la llegada al cine de Harry Potter

El 30 de noviembre se cumplen 15 años desde el estreno de Harry Potter y la Piedra Filosofal (Chris Columbus, 2001), el arranque de una de las sagas más exitosas y populares de la Historia del Cine, que tenía en realidad muchos números para ser exactamente eso. Y es que, como es bien sabido, las ocho películas adaptan siete libros de J.K. Rowling, cubren esencialmente siete años en la vida del joven mago Harry Potter, que a los 11 años se entera de que ha sido admitido en el Colegio de Hogwarts de Magia y Hechicería, además de que es el único superviviente conocido de un encuentro con el mago más malvado del momento: Lord Voldemort.

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Aquí no se van a repasar los argumentos ni relatar pormenores narrativos, pero sí se quiere honrar con cariño una saga que es irregular –es difícil no serlo cuando se compone de tantos films– pero que los seguidores disfrutamos y esperamos año tras año desde 2001 a 2011, en Navidades o en verano, y que reunió a lo mejor de la escuela interpretativa británica (Helena Bonham Carter, Jim Broadbent, John Cleese, Robbie Coltrane, Warwick Davis, Ralph Fiennes, Michael Gambon, Brendan Gleeson, Richard Griffiths, Richard Harris, John Hurt, Jason Isaacs, Miriam Margolyes, Helen McCrory, Gary Oldman, Alan Rickman, Fiona Shaw, Maggie Smith, Timothy Spall, Imelda Staunton, David Thewlis, Emma Thompson o Julie Walters, entre otros), ya que Rowling llegó a negarle al mismísimo Steven Spielberg los derechos para rodar la saga si no se hacía en Reino Unido y con reparto británico.

Así, el productor David Heyman se cargó sobre los hombros la complicada contienda y salió victorioso de la misma. Miles de millones de dólares, la solidificación de una parte de la industria cinematográfica británica (en 2011 recibieron un Bafta especial por ello) y un fascinante experimento donde esencialmente hemos visto a los intérpretes crecer y la saga volverse progresivamente oscura y madura, aunando un sentido de la maravilla con dolorosas verdades sociales.

La inteligencia de la pluma de J.K. Rowling, que Steve Kloves adaptó siete veces y Michael Goldenberg una –en la brillante Harry Potter y la Orden del Fénix (David Yates, 2007)–, se trasladó a la gran pantalla con eficacia aunque siempre con la imperiosa necesidad de condensar y recortar, ya que los 160 minutos de la bastante literal Harry Potter y la Cámara Secreta (Chris Columbus, 2002) asustaron a las distribuidoras, hasta que llegó el oscarizado Alfonso Cuarón a la saga con Harry Potter y el Prisionero de Azkabán (2004) y le dio un ritmo distinto, así como un metraje más cercano a las dos horas. Rowling habló de racismo, fascismo, libertad personal, libertad de expresión, multiculturalidad, feminismo y varias cosas más. Y eso está en las películas, aunque no subrayado.

Desde entonces el fan de los libros vivió la dicotomía de molestarse ante los frecuentes cambios o tratar de disfrutar las películas como cine, no adaptaciones. No ayudó mucho que Harry Potter y el Cáliz de Fuego (Mike Newell, 2005) esté tan mal hilada y suceda todo tan rápido, como si el ansia por tener los mejores efectos especiales y los actores y actrices de mayor relumbrón –aunque veces queden desaprovechados– hicieran mella en la misión de contar una historia sin prisas y con calma. La llegada del director David Yates a la saga supuso una estabilidad y también un aburrimiento formal, sobre todo cuando gente como Guillermo del Toro o M. Night Shyamalan fueron frecuentemente nombrados como posibles firmantes de la franquicia. Pero al fin y al cabo es eso, una franquicia, y tener a una persona fija al timón ayuda a reducir costes y agilizar producciones. Aunque no exactamente asegura calidad, porque la peor, y con diferencia, película de la saga es Harry Potter y el Misterio del Príncipe (David Yates, 2009), que desaprovecha todo el potencial dramático y oscuro del libro, con flashbacks sobre la infancia de Voldemort y el misterio de los Horrocruxes, para potenciar una insufrible mitad de comedia romántica y guardarse alguna información vital para el mastodóntico final.

Aunque en pleno 2016 nos parezca algo normal, cuando se supo que la intención de la productora era dividir el final de la saga en dos películas, rodadas juntas durante 180 días, parecía una locura. Así nacieron Harry Potter y las Reliquias de la Muerte parte 1 & 2 (David Yates, 2010/2011), que por supuesto arrasaron en taquilla pero que como películas funcionan de manera precaria. La primera es una narración con algunas acciones deliberadamente alargadas en el tiempo para llegar a un metraje aceptable, que tiene como punto interesante las bucólicas escenas del trío de amigos en medio de ninguna parte, algo que no se suele ver en un blockbuster de estas dimensiones. La segunda es una cinta cansada, básicamente una escena de acción de 80 minutos que cuenta la batalla final en el Castillo de Hogwarts, y que termina demasiado agotada como para que su epílogo en el futuro tenga el peso que debiera.

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Un lustro después de su fin y con la inminente Animales fantásticos y dónde encontrarlos (David Yates, 2016) a punto de iniciar con más que probable éxito una nueva franquicia, quedan muchas pruebas de que la saga sigue presente en la cultura. Desde las inolvidables notas de apertura de John Williams a los populares hechizos, la galería de entrañables personajes que se aman u odian con pasión y el intrincado y fascinante desarrollo de las tramas, donde todos los elementos cumplen su función y están plantados desde el comienzo por la mano maestra de Rowling. Es un cuento mágico que enseña los mejores valores y habla a los niños y jóvenes de tú-a-tú, sin insultar su inteligencia. Sobrevive con webs como Pottermore o la buena disposición de su escritora para hablar de los personajes años después del final de la saga. Su espíritu no ha muerto.

Autor: Adrián González Viña

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