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Crítica: El Libro de la Vida

La Muerte en México como forma de entender, no sólo que hay vida después de ella, sino que existe un ritual alrededor de ella que ilustran una cultura, una tradición de siglos por la que se produce un sentimiento casi de adoración y profundo respeto. El libro de la vida, producida por Guillermo del Toro, se introduce en una pequeña villa de fantasía y muerte para narrar un triángulo amoroso entre un torero con vocación de músico, un héroe hijo de un militar destacado de la Revolución y la hija de uno de los hombres más poderosos del lugar.

Su director, Jorge R. Gutierrez, captura el folclore mexicano en torno a todo el ritual que rodea las creencias en Xibalba y la Catrina, el inframundo y el icono de la Muerte, respectivamente. En la película ambos personajes controlan los destinos de los protagonistas, casi al modo Hércules, en los momentos en que las moiras y Hades jugaban a sus anchas con las vidas de quienes dependían del destino que controlaban.

Pese a todo, El libro de la vida contiene algún que otro mensaje animalista (el torero protagonista emprende un viaje de autodescubrimiento a pesar de proceder de una estirpe cerrada en la misma profesión), un cierto componente de diversión que no proporciona la imperiosa necesidad de desconectar ante lo que se está viendo y, lo más importante, una cierta curiosidad ante todo el universo que se despliega, toda una mitología al servicio de los más avezados con algún que otro acertijo por desentrañar.

Autor: Antonio Sánchez Marrón

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