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La diversidad llega a los Emmy, pero no es suficiente

De los 93 intérpretes nominados a los Emmy este año, 21 no son blancos (Rami Malek, Viola Davis, Taraji P. Henson, Anthony Anderson, Aziz Ansari, Tracee Ellis Ross, Idris Elba, Cuba Gooding Jr., Courtney B. Vance, Audra McDonald, Kerry Washington, Andre Braugher, Tituss Burgess, Keegan-Michael Key, Niecy Nash, Sterling K. Brown, Bokeem Woodbine, Regina King, Mahershala Ali, Reg E. Cathey y Tracy Morgan). No parece mucho, pero sigue siendo más que los Óscar de este mismo año, que recordemos no tuvo ningún nominado/a que no fuera blanco en las cuatro categorías actorales, e instigó no sólo una potente campaña con el tema “Oscars So White” sino que tuvo un intento de serio boycott que despertó la eterna y todavía irresoluble cuestión de la diversidad étnica en Hollywood. La Academia de las Artes y las Ciencias está tomando los pasos adecuados para solucionar esa injusticia, y ha invitado a muchos miembros de color, latinos y asiáticos a unirse a su seno. Veremos si las nominaciones del año que viene reflejan ese cambio. Los Emmy por su parte, no se llevarán esos varapalos críticos. De las 14 categorías interpretativas, solo cuatro (Actor y Actriz de reparto en Drama, Actriz Invitada en Comedia y en Drama) no tiene ningún nominado que no sea blanco. Y algunas tiene varios nominados de color en su terna. Además, productos como black-ish, Master of none, Confirmation, Luther, American Crime, American Crime Story: The People v. OJ Simpson y Raíces están en sus respectivas categorías como Mejor-Lo-Que-Sea.

Es un avance y cómo tal debe ser reconocido. No es ideal ni se acerca a serlo (visto en porcentaje hablamos de un 23% de candidatos no blancos), pero sirve como importante primer paso para que sea una norma, no una excepción. Y para los que se cuestionen la pertinencia de esto, recordarles que hasta el año pasado, ninguna actriz afroamericana había ganado un Emmy a la Mejor actriz protagonista en drama. Viola Davis se encargó de abrir ese camino, y este año vuelve a ser candidata junto a Taraji P. Henson, que se llevó en enero el Globo de Oro por Empire y bien podría ser la segunda ganadora de color. La discriminación involuntaria es aún mayor porque son mujeres, ya que en 1966, el afroamericano Bill Cosby ganó el premio por Yo soy espía, y después de él lo han logrado otros como James Earl Jones y uno de los grandes favoritos de la Academia, André Braugher, ocho veces nominado y dos premiado.

Es una cuestión de raza, de género y, aunque no aplica exactamente al caso aquí descrito, también de sexualidad. El varón caucásico heterosexual es el único protegido contra ataques así, y a una distancia gigantesca del resto. Mujeres, personas LGTB, negros, latinos, por ejemplo. En lucha constante. ¿Y dónde entra la televisión aquí? A veces hay que preguntarse qué hay detrás del producto final que consume. Hacer una reflexión sobre las cargas ideológicas y muchas veces subterráneas que lleva cualquier creación artística, y más la audiovisual, que trata de contar una historia articulando imagen y sonido para llevarlo a otro nivel de consciencia. Además, la televisión es para muchos un medio ante el que relajar la mente, de forma que los mensajes son más fáciles de asumir. La ficción seriada de nuestros días refleja los discursos cambiantes del poder, que se filtran en el espectáculo de masas. Sé que suena a conspiración malvada, pero es mucho más sencillo. Si todavía hay una ausencia de gente que contrate a mujeres y minorías para que cuenten sus historias, no se debe a la falta de talento. Es por la falta de acceso.

Que se puedan poner nombres y apellidos a las personas que logran estos hitos es la prueba definitiva de que queda mucho por solucionar. El camino a la integración total requiere que no sea necesario reivindicar o enfatizar cosas así, que el hecho de que 21 de 93 intérpretes que opten a un premio no sean blancos sea un enorme triunfo. Como todavía parece estar lejos el día en que eso se puede hacer, la reivindicación no debe cesar. La esperanza es que con textos como este queden más claros los problemas y posibles soluciones a unas circunstancias que deben ser cambiadas. La sociedad está de sobra preparada para ver esos contenidos, sino una serie como Orange is the new black, éxito atronador donde los haya, no triunfaría. Que el dominio del varón caucásico heterosexual termine, y se convierta en el cajón de arena perfecto para que todos puedan jugar.

Autor: Adrián González Viña

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