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El constante desafío que es Twin Peaks: El regreso

Y llegó a su fin. Tras más de 26 años, la historia de Twin Peaks (1990-2017) ha terminado, o eso parece en este momento. El mandamás de Showtime, David Nevins, dijo hace un mes que no le parece probable una nueva resurrección de la serie tras estos 18 capítulos. Imaginamos que la cuestión volverá a ser planteada a Nevins y los responsables de esta nueva temporada alguna vez más en los próximos días, porque, sin hacer spoilers, la situación se presta a ello.

Estos capítulos de Twin Peaks, recibidos con tantas pasiones como odios, no han dejado indiferente a nadie hasta su último segundo de metraje. Vistos hace unas horas los últimos episodios, el arriba firmante no está preparado para emitir un juicio crítico sobre lo que ha visto, más allá de decir que le ha gustado. Y que también entiende a los que no les ha gustado nada. Porque, para bien y mal, Twin Peaks: El regreso ha sido un constante desafío.

Uno tan estimulante como aburrido, frustrante y maravilloso. Para algunos terriblemente rodado e interpretado. Inconexo y absurdo. Para otros toda una experiencia que ha dinamitado los límites del medio, operando desde la perspectiva de sus creadores, David Lynch y Mark Frost, pero en especial del primero porque es quien ha puesto en imágenes lo escrito/pensado, que ha hecho aquí un compendio de toda su obra como creador audiovisual, desde sus primeros cortometrajes hasta la excelente Inland Empire (2006) y su posterior trabajo manual.

Llamar a Twin Peaks: El regreso “obra maestra” es tan difícil en realidad como clasificarlo de “gigantesco disparate”. Porque para ambos públicos ha sido intrigante y molesto. Los que desearían que toda la acción transcurriera en el pueblo tienen su parte de razón, así como los que han adorado su apuesta multidimensional, que quería escapar lo más posible a convenciones de tiempo y espacio televisivo. Su “cutrerío” visual es deliberado, una apuesta plástica de un autor que quiere ofrecernos la parte subconsciente de la mente humana, y para ello se vale de los elementos que considera necesarios.

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Se hacen muchas preguntas, y no se ofrecen todas las respuestas. A veces parece que Lynch y Frost están jugando felizmente con nosotros, como un chiste a costa del fan que lleva casi tres décadas esperando soluciones a los enigmas. En otras ocasiones nos emocionan hasta la lágrima (La Mujer del Tronco), y otras son aterradores con los efectos de sonido, montaje y la puesta en escena. Es una contradicción andante esta película de 18 horas, o miniserie de 18 partes. Toda la experiencia ha sido desafiante, y reside en cada uno la resolución de comprobar si ha merecido la pena o no. Como pasa con casi todo el cine del artista David Lynch.

Autor: Adrián González Viña

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