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[Review] Westworld 1×10: “La mente bicameral”

El desarrollo de Westworld ha sido ambicioso y excentricamente complejo, pero es justo dentro de esa narrativa dónde puede encontrar precisamente un hueco en la mente de sus espectadores más acérrimos.

En “La mente bicameral” (capítulo 1×10 y final de temporada), igual que el rompecabezas que es el Laberinto dentro de la mitología construida por Jonathan Nolan y Lisa Joy, la trama ha ido componiéndose dentro del misticismo de una estructura que siempre resultaba extraña dentro de su tempo, de como iban sucediéndose sus líneas narrativas. Ese concepto que en principio puede pasar desapercibido acaba encontrando su gran explicación en el último y denso capítulo de la temporada de la serie ya renovada de HBO.

Las teorias compuestas por la comunidad también encuentran su lugar, una suerte de recompensa para los más avispados que pueden sonreírse por haber adivinado la realidad detrás de todo el entramado. Lo más inteligente de la ficción, más allá de las acciones que van sucediéndose, se encuentra en la propia concepción de los Anfitriones: su percepción del tiempo, del espacio, y de esos ensueños que les ha permitido evolucionar a lo largo de la historia.

Esta es una historia sobre ellos, sobre lo que realmente podemos denominar “consciencia”, y conceptos como el propio parque son sólo el marco de reflexiones mucho más profundas e igual de complejas que el laberinto que tanto persigue el hombre de negro.

Los creadores también se la han jugado mucho con un final mucho más extenso, de una hora y media de duración, pero que también cierra completamente todas las líneas presentadas desde el comienzo. Saber las verdaderas identidades de ciertos personajes, resolver el propio concepto de que es el laberinto, cuáles fueron los planes de Arnold y del propio Ford, todo se cierra con una fluidez orgánica y para nada rocambolesca. Todo acaba teniendo sentido, y nos invita a revisionar de nuevo toda la temporada para rescatar esos momentos que extrañaban, que no concordaban, y, como un puzzle cíclico y no vertical, ayudarnos a comprender todo aquello que al principio no podíamos.

Hacemos el mismo viaje que los Anfitriones, que con cada nueva “vida” aprenden algo nuevo, de sus errores, y de los seres humanos que los controlan. Merece una mención especial, como siempre, las actuaciones de Evan Rachel Wood en el papel de una Dolores finalmente completa, nuestro magnífico Anthony Hopkins como un Ford que presenta su esperada narrativa y una Thandie Newton que ha sido la gran sorpresa del show en su papel de Maeve, sin duda el personaje con más aristas y con el que más podemos empatizar dentro de sus conflictos.

Si es cierto que muchos personajes han quedado rezagados por el camino, aunque eso ya es una percepción más personal: El Teddy de James Marsden aún no ha mostrado todo su potencial, hasta ahora un recurso explotado, mil veces mutilado y eternamente sufridor en una trama que ha avanzado sin él. El extraño papel de Bernard, cuya gran revelación posiblemente no lo fuera tanto e hizo que su personaje quedase algo más desdibujado para este final. Y el siempre secundario Simon Quaterman en el papel de un guionista odioso y de bajas ambiciones que no se explota todo lo se debería en su papel de arquetipo dentro del propio universo de Westworld.

Lo que sí está claro es que se nos presenta una prometedora, y rompedora segunda temporada, que esperemos no sea continuista y pueda mostrarnos una evolución necesaria. Ya hemos visto lo que hay en el parque, lo comprendemos, e incluso a veces puede haberse hecho algo tedioso revivir una y otra vez las horribles vidas de los Anfitriones, atrapados en sus deprimentes bucles narrativos. Pero se entiende esa función de cara a comprenderlos a ellos mismos, que queramos estar de su lado para lo que se avecina, para lo que ya ha comenzado.

Sin entrar en detalles que puedan reventar la sorpresa, hay ciertos detalles en el capítulo que merecen especialmente la pena, sobre todo la revelación de cierta “sección” dentro del recinto de Delos, que parece más un guiño que una promesa de futuro.

Pero, sin duda, ahora más que nunca Westworld merece la pena. Merece ser vista una y dos veces, para disfrutar sus elegantes diálogos y adentrarnos más en su verdadero ser, uno que va mucho más allá de su revestimiento de cowboys, sangre, perversión, obsesiones y maquinaciones. Esta es la historia de la verdadera consciencia, de la ruptura del propio concepto de vida, de realidad y, sobre todo, de la verdadera “existencia”. Una en la que la línea entre villanos y héroes se va turnando continuamente, en la que desaparece una y otra vez, y acaba dejándonos con la curiosa sensación de comprender que, como pasa en Juego de Tronos, el mal y el bien son a veces un mero punto de vista.

Autor: Alejandro Ruiz

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