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[SEFF 2018] Déjame en Beast todo un festival

Cuando llevas 10 años persiguiendo cada resquicio del festival de cine de tu ciudad no te queda otra que echar la vista atrás y recordar cuáles eran los primeros títulos que te emocionaron entonces, por qué te enganchó el movimiento de Gomorra durante la carrera, cómo te atrapó La vida de los otros dos años antes o el número de veces que te has quedado el último día intentando llevarte el póster de esa película que te ha marcado, sea esa La caza, Loft, En un mundo mejor, Shame, The Artist, Amour, Dog, Love is all, Parada, La langosta, El desconocido del lago o Tourist. Sí, todas marcadas en la retina de un SEFF que este año me deja buenas sensaciones en el primer fin de semana.

Y es gracias a Beast. Michael Pearce persigue una historia contada desde el trauma y la desesperación de una vida rota, porque eso es Moll, un animal herido que lucha por sobrevivir hasta convertirse en un felino con garras afiladas que se cree capaz de dominar su propio universo y el del falso cuento de hadas situado en Jersey.

La primera escena ya es una declaración de intenciones para que te centres en Geraldine James con un ejercicio inevitable de sencillez, dulzura y provocación, un punto de inflexión sobre el que presenta a una bestia que no quiere verse dominada ante las inflexiones de la educación, la familia y la sociedad que le rodea. En ese estándar, la película presenta los suficientes vínculos como para pensar en La Caza y crear así cierto paralelismo entre ambas que emociona al recordar la majestuosa cinta de Vinterberg, aunque es totalmente ilusorio.

Esa sensación de saborear la arena entre los dientes

Pearce recrea un personaje repleto de dudas y de dilemas existenciales que lucha consigo mismo ante las amenazas de su universo, sea eso una representación de su familia, del personaje de Flynn, de los asesinatos, de sus miedos o de las pesadillas que lo reúnen todo con un tono de suntuosidad excelsa. La pregunta sobre la bestia se desvanece a lo largo del metraje conforme entiendes que Michael Pearce quiere apuñalar al espectador una y otra vez, pero por desgracia ese reto se queda a medias al presentar los espacios, con ciertas prisas y sobre todo con el personaje de Johny Flynn, desdibujado por momentos.

Me atrapa la reflexión, la sensación de sentir el cuchillo en el cuello o la arena entre los dientes, la intensidad de Geraldine, de su rostro, de sus acciones y el fin que recrea. Cuando una película te empuja al vacío y te encierra en sus personajes no queda otra que lanzarse a ella y aunque él me saca a veces, la cinta tiene un aura brillante que la hace destacar en estos primeros días de SEFF.

De Michael Inside a Close Enemies (SEFF 2018)

Polos opuestos a lo ya contado son títulos como Michael Inside y Close Enemies. La realidad golpea desde Dublín en Michael Inside en una película carcelaria que da la sensación de haberla ya visionado de no ser por las interpretaciones principales, ese error adolescente que acaba en prisión y la lucha entre el bien y el mal por adecuarse a una nueva vida difícil de asimilar. La ansiedad que transmite Dafhyd Flynn traspasa la pantalla y el género encierra a la perfección la historia en ese entorno irlandés tan bien reflejado en su abuelo. Los bullies, la droga, la cárcel, todo queda en un segundo plano sin ellos, una verdadera patada en el estómago más que necesaria.

Close Enemies arma la tensión desde la maldad de un ente eterno, el barrio

Esa lucha del bien y el mal se vuelve a ver reflejada en Close Enemies, aunque desde otro prisma totalmente opuesto. Si antes era un pobre chaval de 18 años el que se veía tentado casi sin darse cuenta por el mal, ahora es la realidad de un barrio la que se come a base de balazos un guión muy bien trabajado con el que se muestra un thriller decente. David Oelhoffen presenta un thriller de libro con mucha contención, liberando personajes a cuentagotas y desvelando con inteligencia las pequeñas tramas que arman una cinta perfecta para el ámbito comercial a pesar de partir de lo local. Conecta mucho más con el tono cercano de personajes más allá de la acción y esa idea del barrio con la que juega llega, conecta y además sabe mantener la tensión.

Touch me not, llévame lejos

No compro el experimento. La propuesta sensorial de Adina Pintilie tiene tanta profundidad como cápsulas de aburrimiento. Me pierde el estilo y sobre todo el camino para llegar al espectador como tantas veces ha repetido la directora rumana, que pretende crear un diálogo que presonalmente se queda muy lejos de lo que entiendo como una experiencia cinematográfica. Me llega el humor, la emoción que se quiere transmitir, pero me pierde la manera de jugar con las cámaras, con la repetición, con una representación cuadriculada que se repite una y otra vez hasta el hartazgo. No entiendo el oso de oro, ni la propuesta, pero sí perseguí el fin del personaje de Laura Benson con cierta inquietud. Lo intenté y desistí como cien veces en la película y cuanto más lo pienso más me reafirmo, déjame con Lanthimos aléjame de Berlín.

Autor: Juan A. Pérez

Periodista. Sevillano. Sintiendo la profesión en la radio. Amante del futbol y el cine. Ahora en @PlanetaDMQ @eldesmarque @GeneracionGeek y @tablero_rne

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