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Opinión | El jurado de Operación Triunfo y el protagonismo innecesario

El jurado de Operación Triunfo nunca ha llegado a ser del agrado de los seguidores del programa. Su función no es sencilla, eso es indiscutible, así que es normal que la gente que apoya a los concursantes no les tenga en demasiada estima. Hasta ahí, todos estamos de acuerdo. Sin embargo, a veces el público no es tan fanático como lo pintan. A veces el jurado es malo, fatídico. Tanto como para acabar con el propio formato.

Operación Triunfo tiene algunos vicios que se han corregido en estas nuevas ediciones. La figura de los profesores se ha hecho más cercana, se respetan mucho más las clases y los castings son más diversos que nunca. Los concursantes demuestran en el día a día su buen rollo, alejados del aura de competitividad insana que se respiraba en ediciones como la del 2008. El programa ha recuperado su calificativo de “programa blanco para todas las edades”, adquiriendo valores nuevos e incluso mejorando en los repartos de temas, apostando por música desconocida para una nueva generación.

El único aspecto en el que no ha mejorado es en el jurado.

Con la excepción de Manuel Martos, siempre coherente y respetuoso con los concursantes, el jurado de Operación Triunfo sigue apostando por los roles clásicos de los talent shows. O lo que es lo mismo, la figura del jurado implacable, siempre insatisfecho y demasiado duro como para generar confianza con la otra parte de la valoración. Esta figura ha ido rotando a lo largo de la historia del programa, hasta tal punto que en su momento adquirió más popularidad que los concursantes.

Hablo, cómo no, del caso de Risto Mejide. Cuando apareció por primera vez fue un soplo de aire fresco al programa. Un sucedáneo de Simon Cowell que ponía al límite a los concursantes y que enardecía a la audiencia. Algo diferente a lo que ya se había visto, y que, poco a poco terminó por absorberlo todo. El viraje hacia el reality que Operación Triunfo sufrió en aquella época ayudó a que la esencia del programa se diluyese. En la edición de 2008, célebre ahora por todo lo que Pablo López dijo sin decir en ese plató, el jurado de Operación Triunfo dio su primer golpe de gracia.
Posteriormente, en 2009, la cosa llegó hasta tal punto que se produjo una pelea en directo entre el presentador de entonces y el jurado malote. Esa edición, turbulenta como pocas acabó por alejar a la audiencia. Dos años más tarde, Operación Triunfo volvía, pero no aguantó más de un mes en antena. El jurado de Operación Triunfo acabó con el programa.

¿Por qué? Porque el contenido dramático se estaba focalizando en otro lugar. Un poco de drama siempre le viene bien a este híbrido de reality y talent show, pero debe existir en la Academia. Ese drama debería ser el esfuerzo, la superación y el avance de las dieciséis personas que van ahí a convertirse el artista. El protagonismo debería ser de ellos. Los debates lo han de liderar ellos. El jurado solo debería ser un complemento al show. Sobre todo cuando ya se ha demostrado que ni cae en gracia, ni valoran como se debería en la gala, y en ocasiones, ni se documentan para ello.

Que ahora Joe Pérez Orive o Ana Torroja sean quienes estén moviendo las masas y posiciándose dentro de una polémica que se han inventado, solo demuestra que los viejos hábitos son muy difíciles de romper. Espero que el programa haga autocrítica y sea consciente del peligro de otorgar al jurado tanto bombo y platillo. Sí, se aseguran la discusión en redes y el Trending Topic nacional al respecto, pero ¿a qué precio?

Una persona cuyo trabajo es juzgar el trabajo de otra no debería poder decir públicamente que se niega a hacerlo. Al igual que, de cara a la galería, tampoco se pueden permitir que se evidencie la falta de comunicación entre profesorado y jurado. Eso era algo que se intuía del año pasado, pero le daba chicha a los chats y gustaba ese rifirrafe. No obstante, cuando eso pasa fuera del programa, o es una estrategia muy pobre de conseguir audiencia, o sencillamente, algo falla.

Autor: Melania Morillo

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